El hálito de la emperatriz


viento2aMi abuela paterna se llamaba Victoria, pero nadie le decía así. Le llamaban Vito, de Vitorina. Mejor se hubiera llamado “Su Majestad Elizabeth”  o “Su Alteza Real Alejandra Sofía”.  Así era ella,  como una emperatriz, como una reina altiva. No tenía nada que ver con las personas comunes y menos con el quinteto de hermanas mulatas que lavaban “para la calle” so pena de no  poder pagar el alquiler de la vieja casa familiar.  De dónde sacaría mi abuela sus maneras??  Tampoco se parecía a su madre, mi bisabuela, que era un hada cobriza e invidente, repleta de bondad y sabiduría. Conocí a mi bisabuela a través de las flores que siempre  alegraban la casa de mi infancia. Mi madre decía que ella era tan especial que  recordarla embellecía la vida.

Vitorina era una mulata con rasgos de blanca, de inmejorable figura y poses presumidas.  Era adicta a los “túnicos de hilo con volantes de encajes”, a sombrillas a juego y a zapaticos  de tacón abrochados al costado. Mientras sus hermanas lavaban y sudaban el calor de las  planchas de carbón, mi abuela se dedicaba a pasear por la calle real del pueblo  jugueteando con las miradas de los hombres prendidas a su vaivén. Era linda y vanidosa.

“La emperatriz” hizo que más de uno perdiera los estribos por ella. Desafiaba a todos y rompía en un  santiamén esquemas y tradiciones. Un señor de clase alta y con familia establecida se perdió en los  vuelos de sus vestidos, y de allí vino mi padre. Eso impidió que yo conociera a mi abuelo y que  llevara su apellido, de lo cual siempre me alegré porque así, mis hermanas y yo, de niñas, evitamos las  bromas con el apellido Paniagua, que era el que nos correspondía.

Victoria era impaciente y temperamental. La recuerdo ya anciana, ciega, pero sin  perder un ápice de altivez. Un mediodía, mi madre, que cocinaba como una diosa, la sentó a  la mesa para el almuerzo. Mi abuela palpaba los objetos con esos gestos típicos de los que no tienen visión, y tomó algunos granos de arroz entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, en un minucioso examen. En un rápido además, el plato, pulcramente servido, salió volando hacia el patio enorme, y mientras los granos de arroz resbalaban por el tronco del limonero la oí susurrar masticando las palabras: “No está bien blandito” y no dio más explicaciones.

Nunca me entonó una canción de cuna ni me contó La Caperucita Roja. Sin embargo, lograba acaparar toda mi atención cuando me narraba, a escondias de mi madre, aquellas historias de la mulata que fue y de cómo lograba impresionar cuando se enfundaba en sus ropajes reveladores.

Era tan fuerte que venció a la Leucemia y murió casi a los 90. Yo estaba a su lado y sentí pena, pensaba que había vivido mucho y se había privado de cosas esenciales y hermosas, como es el amor y la complicidad de los nietos.  Solo yo le guardaba los secretos de sus historias. Murió respetada, casi que inspirando temor en los demás.

Ni los hijos ni los nietos se le parecen, nadie tiene sus gestos altaneros. Solo a veces, el aire a mi alrededor se torna turbulento y un hálito de mi abuela irrumpe y me roza el rostro, y nubla mi entendimiento, y es cuando soy presa fácil de la impaciencia y la emocionalidad.

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Publicado el junio 5, 2009 en Por dentro. Añade a favoritos el enlace permanente. Comentarios desactivados en El hálito de la emperatriz.

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